CHIQUITUNGA – Favio Ramírez-Caminatti. Uruguay, Abril de 2013

Canción a la Venerable María Felicia de Jesús Sacramentado.

Yo te ofrezco todo,
todo Señor.
Por tu mayor gloria
y salvación de las almas,
yo te ofrezco todo, Señor.
Toma Señor,
que es tuyo este corazón,
lléname que tengo sed de tu amor.
Ayúdame y enséñame
a amarte cada día más.
Sólo pido amor para amar.
Solo pido amor para amar.

ESPÍRITU DIVINO – Favio Ramírez-Caminatti. Uruguay, 2008

Espíritu Divino, Espíritu que sana.
Espíritu que adoras y que en Cristo abrazas.
Espíritu de Dios, Espíritu de gracia.
Espíritu consuelo, Espíritu alabanza.
Espíritu de luz, Espíritu Santo.
Dame tu paz,
dame tu amor,
camino que va de mi alma hasta Dios.
Espíritu justicia, Espíritu templanza.
Espíritu de fe, Espíritu esperanza.
Espíritu caridad, humildad, diligencia.
Espíritu paciencia, Espíritu prudencia.
Espíritu de luz, Espíritu Santo.
Dame tu paz,
dame tu amor,
enséñame a ser mejor hijo de Dios.
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LA PARADOJA DEL TIEMPO Favio Ramírez-Caminatti. Nueva York, Septiembre 2014

El tiempo, ¡qué paradoja!

Años atrás corrí tanto que casi no pude alcanzarlo.
Tal vez porque era la etapa del carrusel,
cuando casi tan plástico como sus figuras
vi pasar tantos colores, una y otra vez.
Y allí estaba él,
sentado, con una sonrisa burlona,
como dejándose pasar.
Me contemplaba, aunque yo no lo sabía.
Casi sin querer, un febrero me dejó bajar.
Fue cuando lo vi, distante.
Otra vez se echó a correr, pero esta vez no tan rápido.
Seguramente por temor a que decidiera no seguirlo.
El tiempo, ¡qué paradoja!
Corrimos y volvimos a correr,
hasta que un diciembre pasó… ella.
Y el sol ya no quiso esconderse,
y la arena ya no quiso caer,
y la aguja ya no quiso seguir.
Ella llegó y sabíamos que era para quedarse.
Él nos miraba, pero yo solo podía pensar en ella.
Fue la primera vez que él se acercó tanto.
Yo sé que sintió miedo
porque supo que ya nada sería lo mismo,
que ya no ocupaba su trono,
que ella… ella…
ella la que reinaba ahora, y el tiempo ya no importaba.
Celoso de nuestro amor aprovechó cada instante, y corrió,
y corrió hasta quedarse sin aliento cada vez que nos vio juntos.
Pero no logró siquiera molestarme.
Verla a ella me enamoraba como la primera vez
y él se fue resignando.
Se volvió cada vez más lento
hasta que ahora casi ni camina.
Y así fue. Ahora, cada vez que ella y yo nos vemos
él se sienta a contemplarnos.
Ya no con aquella sonrisa burlona,
más bien como asumiendo su derrota.
Y así fue…
una vez, dos corazones pudieron más.
El tiempo, ¡qué paradoja!

El virus del poder – José Luis Vega
Siempre me han parecido extraordinarias las reacciones que las propiedades químicas del poder desatan en la naturaleza de ciertos sujetos. Ello tiene para mí el sello de un misterio cuyas manifestaciones observo con demasiada frecuencia en el laboratorio de la vida cotidiana. Derrámense, por ejemplo, unas gotas de poder, real o ilusorio, sobre las cabezas de algunos individuos y veremos operarse extraños cambios en su conducta. En las primeras semanas luego de haber sido inoculados por elección o designación, el nuevo poderoso entra en una etapa de ensoñación flotante que lo conduce, en noches sucesivas, a la región del insomnio exaltado. En los primeros días siente, justo en la boca del estómago, una destilante alegría inconfesable, casi infantil, que sólo advierten los más íntimos. Estas, por supuesto, son las primeras manifestaciones de lo que una vieja metáfora nombra la embriaguez del poder.

Luego comienza una lenta mudanza de piel. Flamantes trajes, chaquetones y combinados recubren el cuerpo del nuevo investido mediante un inevitable proceso de mitosis crediticia. A las pocas semanas su organismo empieza a segregar una sustancia viscosa e invisible que tiene la propiedad de alejar a los amigos; pero que atrae poderosamente a los ambiciosos. De este modo, con el tiempo se forman, en torno al elegido, unas células de poder llamadas camarillas que pronto adquieren la apariencia y el olor de una costra.

Durante un tiempo indeterminado, pero siempre breve, los nuevos poderosos conservarán la afabilidad, si alguna, que los había caracterizado en el pasado. Pero pronto el antiguo sistema de relaciones con los miembros de su especie se va mudando en una cortesía estudiada y acartonada. El poderoso y su camarilla manifiestan una creciente tendencia al aislamiento. Se ausentan de los lugares que antiguamente frecuentaban; interponen entre ellos y sus congéneres toda una suerte de trampas y obstáculos; recepcionistas infranqueables, registros de visita, timbres, cristales aislantes, cámaras de seguridad que harán virtualmente imposible su contacto con las personas. Todo esto culmina, en muchos casos, en un olvido de sí mismos y de su antigua condición. Suele ocurrir, por ejemplo, que algunos médicos en posiciones de poder un día no recuerdan quién era Hipócrates; que algunos dentistas olvidan el color del sarro; que algunos sindicalistas ya no saben lo es plusvalía; que algunos decanos y rectores, después de una prolongada incumbencia, olvidan que son tiza y a la tiza volverán; que algunos jefecillos olvidan cuando comían en la cafetería de la empresa; que algunos gerentes de banco se desmemorian al punto que no recuerdan el dolor de sus antiguos pies de cajeros y así por el estilo.

La metamorfosis más graves son las que ocurren en las delicadas fibras éticas de los investidos. El poder ataca y debilita el sistema inmunológico de la moral personal, sin reparar en la dignidad de la investidura. Presidentes, gobernadores, legisladores, jueces, obispos, secretarios, jefecillos de departamento, capataces, todos están expuestos por igual. El poder debilita el sentido común, las convicciones utópicas de la juventud, los mecanismos de la compasión, los glóbulos de la solidaridad. El investido pronto desarrolla una fiebre constante que lo induce a un delirio en que confunde la reglamentación con la justicia, la represión con el orden, la mentira con la verdad, la guerra con la paz.

Las metamorfosis éticas varían según la propensión del investido. Conozco santurrones que una vez tocados por la vara de algún efímero puestecillo se han transformado en patéticos Torquemadas. Esta especie resulta aquejada de extraños hábitos persecutorios. A veces incurren en el desquite, que consiste en intentar magullar vengativamente a aquellos que difieren, denuncian o critican. También practican la propensión gratuita a dañar a los otros aplicándoles lecturas estrechas y convenientes de las sagradas escrituras reglamentarias de la institución o invocando, cuando y según conviene, los usos y costumbres. En ambos casos el investido intentará, con saña esperpéntica, despedir, trasladar, impedir los ascensos, las licencias, o cualquier otro derecho del perseguido. Los hábitos persecutorios suelen complementarse con la propensión a prodigar favores desmedidos a los miembros de la camarilla o a aquellos que se avengan, por mansedumbre o conveniencia, a los estilos de los poderosos.

Aunque éstas y otras acciones suelen sumir la vida personal y familiar del investido en un caos de disgustos y tensiones, estos individuos desarrollan profusos sistemas de ventosas que los mantienen adheridos a sus puestos por diversas razones. Unos porque jamás se curan de la embriaguez inicial; otros porque una larga incumbencia les permite encubrir sus tropelías; algunos porque temen volver a los puestos que anteriormente ocupaban junto a quienes desde el poder persiguieron; y casi todos porque se lucran. A ese sistema de ventosas que los mantiene alimentándose del tronco presupuestario lo llaman Deber.

Por fin, un día, después de un esfuerzo supremo, se escucha el golpe húmedo de sus fondillos desprendiéndose de las sillas curiales a las que por años estuvieron adheridos. Entonces el progresivo debilitamiento de su sistema moral hace crisis: ha llegado el tiempo de la repartición final. Llueven licencias pagadas, ascensos retroactivos e ilegales, nombramientos de última hora; la cosecha, en fin de la mutua alcahuetería, premiada, por supuesto, con dineros ajenos y en abierta violación a todos los reglamentos que antes fingían respetar. Algunos miembros de esta especie mutante, los más afortunados, después que salen del poder inician un lento proceso de involución: Van perdiendo su epidermis costrosa, sus élitros de cartón, sus ventosas anales; restauran sus hábitos gregarios; aprenden nuevamente a conversar y recobran la antigua apariencia de personas. Otros no tienen remedio.


Amol se escribe con r – Salvador Tió
Jardiel Poncela escribió hace unos años una novela que se titulaba Amor se escribe
sin h. Si a mí se me ocurriera, Dios me proteja, escribir una novela parecida, le pondría
por título Amol se escribe con R. Eso de la h no me suena. En cambio la r es la letra clave
de material rodante, burro, carro y ferrocarril. Pero a nosotros, de tanto arrastrarla, se nos
ha convertido en ele, letra sin la cual Lalo no podría haber estado aquí.
Cuando los españoles abandonaron el país, forzados por las circunstancias, dejaron
aquí el café, el coco, la caña, el caballo, el perro (¡Cuídamelo bien!) y la lengua. Pero se
llevaron la r. Por eso no hemos podido hacer revoluciones. Y hasta las reformas nos cuestan trabajo.
La r al sol se ha disipado, se ha elongado, se ha alelado. Y casi puede decirse que hemos
perdido una letra. Al puertorriqueño lo distinguen en Hispanoamérica, aunque se disfrace,
“por la manera de hablal”. Si usted le oye a alguien, en cualquier país de Hispanoamérica,
esta frase tan manoseada ya, “tengo el alma en el almario”, puede usted asegurar que se trata
de alguien que quiere pasar por intelectual. Si la oye en Puerto Rico, -¡apártese!-. En Puerto
Rico eso quiere decir “tengo un Colt en el ropero”.
Hemos perdido una letra. Parece poca cosa después de todas las cosas que hemos
perdido. Hemos perdido el tranvía, el agua, la bolita, los tributos al ron. Hemos perdido hasta
la alegría, y los viejos aseguran que hemos perdido la vergüenza. Pero sobre todo hemos
perdido el tiempo. Y este es pecado que se paga amargamente en la historia.
Ahora que estamos tratando de recuperar tantas cosas, yo propongo que hagamos un
esfuerzo colectivo por recuperar la r. A las maestras, que no digan ¡dolol!, a los legisladores,
que no digan ¡honol!, a los locutores que no digan ¡placel!, a los novios que no digan ¡amol!,
y a las mujeres que no digan tan ligero que sí, que le están quitando el gusto al romanceo.
Pero de todos esos débiles de espíritu, que no tienen energía ni para pronunciar una r
como manda la Fonética, los que más me indignan son esos pervertidores de la lengua que se
llaman locutores de radio. Hay algunas excepciones, pero no debo decirlo, porque como
ocurre siempre, todo el mundo se creerá incluido en la excepción. ¡Y está bien de disparates!
Mientras la cosa se queda “acá inter nos”, menos mal. Pero esa l puertorriqueña
lleva hoy por todos los rincones del mundo prueba fehaciente de un vicio nacional que en vez
de exhibirse a los cuatro vientos, lo que debe hacerse es corregirlo a puertas cerradas.
Yo pido a todos los alumnos que cada vez que una maestra diga “¡dolol! Se levanten
a una y con el mayor respeto, pero con la mayor energía, griten ¡dolorrrrrrrrr!.
Yo pido al público que asiste a las tribunas parlamentarias que cada vez que un
legislador en medio de un discurso diga “¡honol! Se levanten y griten: ¡No, señor, honorrrrr!
Yo pido a las novias de todos los pueblos y campos y montañas del país que cada
vez que un pretendiente les venga con el lelolé del amol, lo mande a hacer ejercicios lingüísticos
¡r con r cigarro!
Y por fin a todos los radioescuchas que cada vez que un locutor o un cuarteto musical
se empeñe en pasarle l por r, agarren el teléfono y protesten o inunden la estación de telegramas.
¡Que aprendan a hablar bien o que renuncien!
El origen de este feo vicio no es fácil de descubrir. Algunos lo achacan a la influencia
negroide. Y otros al tongoneo. A los niños se les inunda de maternalismo. Y hasta hay
casos en los cuales todavía le hablan al niño en jerigonza.
¿Qué dice el nenucho de paparucho? ¿El tribilín de bililón? Yo que ustedes me digan…
Pero algún día hay que acabar con eso.


Lengua de genios – Luis López Nieves. Texto completo, El Star, San Juan, 5 oct 1997, p.160.

Desde que somos pequeños e indefensos, desde que abrimos los ojos por la mañana: el radio reloj dice time, alarm, doze. El cuarto de baño grita Crest, Scope, hot, cold. Vamos a la cocina y al desayuno: Corn Flakes, Quaker, high, medium, low. Nos montamos en el carro: fuel, oil, speed, seat belts, lights, power brakes. Llegamos a la escuela: cursos de inglés desde el primer grado, en todas las escuelas, sean públicas o privadas. Una que otra celebración en aquellos días especiales: Halloween, Thanksgiving, cositas por el estilo. En los colegios, libros de texto en inglés: ¿Papi, quién es Phillip the Second, el Spanish Monarch? Libros de matemáticas y de ciencias y de historia: en inglés. Música en inglés por la radio: I really really love you, baby. Continuamente. Por televisión los interminables videos en inglés de MTV, Music Box, ya tú sabes. Discotecas con nombres en inglés, donde sólo se baila en ese idioma. Letreros en inglés en todos los edificios. No se escapa uno, por más insignificante que parezca: exit, fire, in case of fire, emergency window, cold, hot. El ascensor: close door, open door, up, down. Los productos del supermercado expresan las calorías y los ingredientes en inglés. Las advertencias urgentes, en inglés: warning, poison, do not touch, danger, caution, hazardous. En los carros: My son/daugther is an honor student at Saint Elsewhere School. Las facturas, en inglés: Puerto Rico Telephone Company, etc. Todos los enseres eléctricos, aunque vengan del Japón: off, on, fast forward, rewind, date, time, volume, treble, stop. Cine en inglés, con la rara excepción de un Jacobo, Zurinaga, Molina o de alguna que otra bella época. Las películas extranjeras, con subtítulos en inglés. Las películas puertorriqueñas, en la section de Foreign Films. Ridiculez de Blockbuster, insulto de Blockbuster, que no puede honrarnos con una tablillita que diga “Cine Puertorriqueño”. Cerca de 936 canales en inglés, más o menos, gracias a Cable TV of Greater San Juan. Hasta C-Span. Hasta los debates del Parlamento Británico para los que, hartos de la fonética norteamericana, prefieran lapachar en el elegante acento de Inglaterra. Revistas de todo tipo: mecánica, farándula, computadoras, levantamiento de pesas (hombres y mujeres). Cultas librerías con nombres ingleses: Castle Books, Mathew’s, Papyrus, Ñémerson. Gobierno que habla español con sintaxis inglesa. Puerto Rico does it better.

En fin, que todo lo vemos, escuchamos, tocamos, olemos y probamos en inglés. De tal modo que no acabo de entender a los muchos compatriotas que se jactan de saber inglés e insisten en usarlo con frecuencia. No entiendo, por más que lo intento, a los que gustan de salpicar sus conversaciones con gotitas de palabras inglesas como si eso tuviera algún tipo de caché o elegancia. No acabo de entenderlo, por mi madre. Porque a estas alturas es evidente que cualquier idiota que se lo proponga puede hablar inglés en esta isla. Lo difícil en Puerto Rico, el verdadero desafío, es hablar español correctamente.


El Sueño de Pluto – Mario Vargas Llosa. Fragmento de Los Cuadernos de Don Rigoberto.

En la soledad de su estudio, despabilado por el frío amanecer, don Rigoberto se repitió de memoria la frase de Borges con la que acababa de toparse: . Pocas páginas después de la cita borgiana, la carta compareció ante él, indemne a los años corrosivos:

Querida Lucrecia:

Leyendo estas líneas te llevarás la sorpresa de tu vida y, acaso, me despreciarás. Pero, no importa. Aun si hubiera una sola posibilidad de que aceptaras mi propuesta contra un millón de que la rechaces, me lanzaría a la piscina. Te resumo lo que necesitaría horas de conversación, acompañada de inflexiones de voz y gesticulaciones persuasivas.

Desde que (por las calabazas que me diste) partí del Perú, he trabajado en Estados Unidos, con bastante éxito. En diez años he llegado a gerente y socio minoritario de esta fábrica de conductores eléctricos, bien implantada en el Estado de Massachusetts. Como ingeniero y empresario he conseguido abrirme camino en esta mi segunda patria, pues desde hace cuatro años soy ciudadano estadounidense.

Para que lo sepas, acabo de renunciar a esta gerencia y estoy vendiendo mis acciones en la fábrica, por lo que espero obtener un beneficio de seiscientos mil dólares, con suerte algo más. Lo hago porque me han ofrecido la rectoría del TIM (Technological Institute of Mississippi), el college donde estudié y con el que he mantenido siempre contacto. La tercera parte del estudiantado es ahora hispanic (latinoamericana). Mi salario será la mitad de lo que gano aquí. No me importa. Me ilusiona dedicarme a la formación de estos jóvenes de las dos Américas que construirán el siglo XXI. Siempre soñé con entregar mi vida a la Universidad y es lo que hubiera hecho de quedarme en el Perú, es decir, si te hubieras casado conmigo.

«A qué viene todo esto?», te estarás preguntando, «Por qué resucita Modesto, después de diez años, para contarme semejante historia?». Llego, queridísima Lucrecia.

He decidido, entre mi partida de Boston y mi llegada a Oxford, Mississippi, gastarme en una semana de vacaciones cien mil de los seiscientos mil dólares ahorrados. Vacaciones, dicho sea de paso, nunca he tomado y no tomaré tampoco en el futuro, porque, como recordarás, lo que me ha gustado siempre es trabajar. Mi job sigue siendo mi mejor diversión. Pero, si mis planes salen como confío, esta semana será algo fuera de lo común. No la convencional vacación de crucero en el Caribe o playas con palmeras y tablistas en Hawai. Algo muy personal e irrepetible: la materialización de un antiguo sueño. Allí entras tú en la historia, por la puerta grande. Ya sé que estás casada con un honorable caballero limeño, viudo y gerente de una compañía de seguros. Yo lo estoy también, con una gringuita de Boston, médica de profesión, y soy feliz, en la modesta medida en que el matrimonio permite serlo. No te propongo que te divorcies y cambies de vida, nada de eso. Sólo, que compartas conmigo esta semana ideal, acariciada en mi mente a lo largo de muchos años y que las circunstancias me permiten hacer realidad. No te arrepentirás de vivir conmigo estos siete días de ilusión y los recordarás el resto de tu vida con nostalgia. Te lo prometo.

Nos encontraremos el sábado 17 en el aeropuerto Kennedy, de New York, tú procedente de Lima en el vuelo de Lufthansa, y yo de Boston. Una limousine nos llevará a la suite del Plaza Hotel, ya reservada, con, incluso, indicación de las flores que deben perfumarla. Tendrás tiempo para descansar, ir a la peluquería, tomar un sauna o hacer compras en la Quinta Avenida, literalmente a tus pies. Esa noche tenemos localidades en el Metropolitan para ver la Tosca de Puccini, con Luciano Pavarotti de Mario Cavaradossi y la Orquesta Sinfónica del Metropolitan dirigida por el maestro Edouardo Muller. Cenaremos en Le Cirque, donde, con suerte, podrás codearte con Mick Jagger, Henry Kissinger o Sharon Stone. Terminaremos la velada en el bullicio de Regine`s.

El Concorde a París sale el domingo a mediodía, no habrá necesidad de madrugar. Como el vuelo dura apenas tres horas y media -inadvertidas, por lo visto, gracias a las exquisiteces del almuerzo recetado por Paul Bocusse- llegaremos a la Ciudad Luz de día. Apenas instalados en el Ritz (vista a la Place Vendôme garantizada) habrá tiempo para un paseo por los puentes del Sena, aprovechando las tibias noches de principios de otoño, las mejores según los entendidos, siempre que no llueva. (He fracasado en mis esfuerzos por averiguar las perspectivas de precipitación fluvial parisina ese domingo y ese lunes, pues, la NASA, vale decir la ciencia meteorológica, sólo prevé los caprichos del cielo con cuatro días de anticipación.) No he estado nunca en París y espero que tú tampoco, de modo que, en esa caminata vespertina desde el Ritz hasta Saint-Germain, descubramos juntos lo que, por lo visto, es un itinerario atónito. En la orilla izquierda (el Miraflores parisino, para entendernos) nos aguarda, en la abadía de Saint-Germain des Prés, el inconcluso Réquiem de Mozart y una cena Chez Lipp, brasserie alsaciana donde es obligatoria la choucroute (no sé lo que es, pero, si no tiene ajo, me gustará). He supuesto que, terminada la cena, querrás descansar para emprender, fresquita, la intensa jornada del lunes, de modo que esa noche no atollan el programa discoteca, bar, boîte ni antro del amanecer. A la mañana siguiente pasaremos por el Louvre a presentar nuestros respetos a la Gioconda, almorzaremos ligero en La Closerie de Lilas o La Coupole (reverenciados restaurantes snobs de Montparnasse), en la tarde nos daremos un baño de vanguardia en el Centre Pompidou y echaremos una ojeada al Marais, famoso por sus palacios del siglo XVIII y sus maricas contemporáneos. Tomaremos té en La marquise de Sévigné, de La Madelaine, antes de ir a reparar fuerzas con una ducha en el Hotel. El programa de la noche es francamente frívolo: aperitivo en el Bar del Ritz, cena en el decorado modernista de Maxim`s y fin de fiesta en la catedral del striptease: el Crazy Horse Saloon, que estrena su nueva revista «Qué calor!». (Las entradas están adquiridas, las mesas reservadas y maîtres y porteros sobornados para asegurar los mejores sitios, mesas y atención.) Una limousine, menos espectacular pero más refinada que la de New York, con chofer y guía, nos llevará la mañana del martes a Versalles, a conocer el palacio y los jardines del Rey Sol. Comeremos algo típico (bistec con papas fritas, me temo) en un bistrot del camino, y, antes de la opera (Otelo, de Verdi, con Plácido Domingo, por supuesto) tendrás tiempo para compras en el Faubourg Saint-Honoré, vecino del Hotel. Haremos un simulacro de cena, por razones meramente visuales y sociológicas, en el mismo Ritz, donde -expertos dixit- la suntuosidad del marco y la finura del servicio compensan lo inimaginativo del menú. La verdadera cena la tendremos después de la ópera, en La Tour d`Argent, desde cuyas ventanas nos despediremos de las torres de Notre Dame y de las luces de los puentes reflejadas en las discursivas aguas del Sena.

El Orient Express a Venecia sale el miércoles al mediodía, de la gare Saint Lazare. Viajando y descansando pasaremos ese día y la noche siguiente, pero, según quienes han protagonizado dicha aventura ferrocarrilera, recorrer en esos camarotes belle époque la geografía de Francia, Alemania, Austria, Suiza e Italia, es relajante y propedéutico, excita sin fatigar, entusiasma sin enloquecer y divierte hasta por razones de arqueología, debido al gusto con que ha sido resucitada la elegancia de los camarotes, aseos, bares y comedores de ese mítico tren, escenario de tantas novelas y películas de la entreguerra. Llevaré conmigo la novela de Agatha Christie, Muerte en el Orient Express, en versión inglesa y española, por si se te antoja echarle una ojeada en los escenarios de la acción. Según el prospecto, para la cena aux chandelles de esa noche, la etiqueta y los largos escotes son de rigor.

La suite del Hotel Cipriani, en la isla de la Giudecca, tiene vista sobre el Gran Canal, la Plaza de San Marco y las bizantinas y embarazadas torres de su iglesia. He contratado una góndola y al que la agencia considera el guía más preparado (y el único amable) de la ciudad lacustre, para que en la mañana y tarde del jueves nos familiarice con las iglesias, plazas, conventos, puentes y museos, con un corto intervalo al mediodía para un tentempié -una pizza, por ejemplo- rodeados de palomas y turistas, en la terraza del Florian. Tomaremos el aperitivo -una pócima inevitable llamada Bellini- en el Hotel Danielli y cenaremos en el Harry`s Bar, inmortalizado por una pésima novela de Hemingway. El viernes continuaremos la maratón con una visita a la playa del Lido y una excursión a Murano, donde todavía se modela el vidrio a soplidos humanos (técnica que rescata la tradición y robustece los pulmones de los nativos). Habrá tiempo para souvenirs y echar una mirada furtiva a una villa de Palladio. En la noche, concierto en la islita de San Giorgio -I Musici Veneti- con piezas dedicadas a barrocos venecianos, claro: Vivaldi, Cimarosa y Albinoni. La cena será en la terraza del Danielli, divisando, noche sin nubes mediante, como (resumo guías) los faroles de Venecia. Nos despediremos de la ciudad y del Viejo Continente, querida Lucre, siempre que el cuerpo lo permita, rodeados de modernidad, en la discoteca Il gatto nero, que imanta a viejos, maduros y jóvenes adictos al jazz (yo no le he sido nunca y tú tampoco, pero uno de los requisitos de esta semana ideal es hacer lo nunca hecho, sometidos a las servidumbres de la mundanidad).

A la mañana siguiente -séptimo día, la palabra fin ya en el horizonte- habrá que madrugar. El avión a París sale a las diez, para alcanzar el Concorde a New York. Sobre el Atlántico, cotejaremos las imágenes y sensaciones almacenadas en la memoria a fin de elegir las más dignas de durar.

Nos despediremos en el Kennedy Airport (tu vuelo a Lima y el mío a Boston son casi simultáneos) para, sin duda, no vernos más. Dudo que nuestros destinos vuelvan a cruzarse. Yo no regresaré al Perú y no creo que tú recales jamás en el perdido rincón del Deep South, que, a partir de octubre podrá jactarse de tener el único Rector hispanic de este país (los dos mil quinientos restantes son gringos, africanos o asiáticos).

¿Vendrás? Tu pasaje te espera en las oficinas limeñas de Lufthansa. No necesitas contestarme. Yo estaré de todos modos el sábado 17 en el lugar de la cita. Tu presencia o ausencia será la respuesta. Si no vienes, cumpliré con el programa, solo, fantaseando que estás conmigo, haciendo real ese capricho con el que me he consolado estos años, pensando en una mujer que, pese a las calabazas que cambiaron mi existencia, seguirá siendo siempre el corazón de mi memoria. ¿Necesito precisarte que ésta es una invitación a que me honres con tu compañía y que ella no implica otra obligación que acompañarme? De ningún modo te pido que, en esos días del viaje -no sé de qué eufemismo valerme para decirlo- compartas mi lecho. Queridísima Lucrecia: sólo aspiro a que compartas mi sueño. Las suites reservadas en New York, París y Venecia tienen cuartos separados con llaves y cerrojos, a los que, si lo exigen tus escrúpulos, puedo añadir puñales, hachas, revólveres y hasta guardaespaldas. Pero, sabes que nada de eso hará falta, y que, en esa semana, el buen Modesto, el manso Pluto como me apodaban en el barrio, será tan respetuoso contigo como hace años, en Lima, cuando trataba de convencerte de que te casaras conmigo y apenas si me atrevía a tocarte la mano en la oscuridad de los cinemas.

Hasta el aeropuerto de Kennedy o hasta nunca, Lucre, Modesto (Pluto)

Don Rigoberto se sintió atacado por la fiebre y el temblor de las tercianas. ¿Qué respondería Lucrecia? ¿Rechazaría indignada la carta de ese resucitado? ¿Sucumbiría a la frívola tentación? En la lechosa madrugada, le pareció que sus cuadernos esperaban el desenlace con la misma impaciencia que su atormentado espíritu.


¿Por qué Deborah? – Kalman Barsy

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